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El sueño: sus fases, cuánto hay que dormir, reparación del cuerpo, estrés y memoria

Dormir no es "apagar" el cuerpo: es uno de los procesos biológicos más activos del organismo. Mientras dormimos se repara tejido, se libera la hormona del crecimiento, el cerebro se limpia de residuos metabólicos y se reorganizan las conexiones neuronales que sostienen lo que aprendimos ese día. Este informe repasa las fases del sueño, cuánto hace falta dormir, qué relación tiene con la recuperación muscular, por qué el estrés lo boicotea y cómo se fabrica la memoria mientras dormimos.

Las fases del sueño

Cada noche, el sueño se organiza en ciclos de unos 90 minutos que se repiten entre 4 y 6 veces, según describe Sanitas. Dentro de cada ciclo se atraviesan distintas fases, con funciones muy distintas entre sí:

N1Adormecimiento (~10 min)
N2Sueño ligero (~50% de la noche)
N3Sueño profundo (~20% de la noche)
REMSueño paradójico (~25% de la noche)

N1 · Adormecimiento

Transición entre vigilia y sueño, apenas los primeros diez minutos de la noche.

N2 · Sueño ligero

Ocupa cerca de la mitad del tiempo total dormido. Respiración y ritmo cardíaco se ralentizan progresivamente.

N3 · Sueño profundo

La fase más importante para la recuperación física: frecuencia respiratoria y tensión arterial caen entre un 10% y un 30%, y es cuando alcanza su pico la hormona del crecimiento.

REM · Sueño paradójico

Actividad cerebral similar a la vigilia, movimiento ocular rápido, parálisis muscular temporal y la mayoría de los sueños vívidos. Aparece por primera vez a los 70-90 minutos de dormirse, según el NICHD (NIH), y es clave para consolidar el aprendizaje.

Cuánto hay que dormir

El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de EE. UU. (NHLBI, NIH), con el respaldo de la Academia Americana de Medicina del Sueño y la Academia Americana de Pediatría, recomienda:

EdadHoras recomendadas (incluidas siestas)
Bebés (4-12 meses)12 a 16 horas
1-2 años11 a 14 horas
3-5 años10 a 13 horas
6-12 años9 a 12 horas
13-18 años8 a 10 horas
Adultos (18+ años)7 a 8 horas

Las necesidades varían de una persona a otra, pero el propio NHLBI advierte de un mecanismo poco intuitivo: la falta de sueño se va acumulando en forma de "deuda de sueño", y ni las siestas ni "recuperar" durmiendo más el fin de semana compensan del todo el déficit acumulado entre semana.

Durmiendo se repara el organismo: ¿y el crecimiento muscular?

Durante el sueño profundo (N3) se concentran los procesos de reparación tisular. Según recoge esta revisión, la hormona del crecimiento (GH) alcanza uno de sus mayores picos precisamente en las primeras horas de sueño profundo, favoreciendo la reparación muscular, la recuperación de tejidos y la regeneración celular. Al mismo tiempo, los niveles de cortisol —la hormona del estrés, que dificulta la recuperación— descienden.

El músculo no crece entrenando

La síntesis de proteína muscular depende de tres pilares: entrenamiento adecuado, alimentación con suficiente proteína, y descanso suficiente. El músculo no crece durante el ejercicio, sino durante la recuperación posterior, cuando confluyen las condiciones hormonales y fisiológicas que activa precisamente el sueño profundo. Dormir poco limita ese entorno fisiológico y reduce las adaptaciones al entrenamiento, por mucho que el entrenamiento y la dieta sean correctos.

La limpieza del cerebro: el sistema glinfático

El sueño también repara el cerebro, mediante un mecanismo descrito con detalle por Scientific American: el sistema glinfático. Durante el sueño profundo, el líquido cefalorraquídeo fluye por unos canales que rodean los vasos sanguíneos del cerebro, arrastrando residuos metabólicos —entre ellos la proteína beta-amiloide, asociada al alzhéimer— que después se eliminan por el sistema linfático. Las ondas lentas del sueño profundo, junto con la caída de noradrenalina, ayudan a bombear ese líquido por todo el cerebro.

El estudio en ratones de la neurocientífica Maiken Nedergaard (2013) encontró que la entrada de líquido a esos canales se reducía un 95% cuando el animal estaba despierto frente a cuando dormía, y que el espacio entre células cerebrales aumentaba un 60% durante el sueño, permitiendo eliminar la beta-amiloide al doble de velocidad. En humanos, la investigación de Per Kristian Eide (2021) mostró que la eliminación de marcadores era claramente más lenta en personas privadas de sueño, y que ese retraso persistía incluso tras una noche de sueño de recuperación.

Debate abierto

Aunque la acumulación de beta-amiloide está claramente vinculada al alzhéimer, todavía no hay evidencia definitiva en humanos de que un peor funcionamiento del sistema glinfático cause directamente la enfermedad. Sí se considera una vía terapéutica prometedora: mejorar la limpieza cerebral durante el sueño podría, en teoría, retrasar el deterioro cognitivo, aunque esa relación causal sigue siendo objeto de investigación activa.

El estrés que no deja dormir

La relación entre estrés y sueño es de doble sentido, según explica Banner Health. Por un lado, dormir poco mantiene al cuerpo "en alerta máxima" y eleva el cortisol, que acelera el ritmo cardíaco y tensa la musculatura —justo las condiciones fisiológicas que dificultan conciliar el sueño—. Por otro lado, el estrés diario, con independencia de cuánto se haya dormido, activa las mismas regiones cerebrales implicadas en la preocupación y dificulta regular las emociones antes de acostarse.

El resultado es un círculo que se retroalimenta: el estrés impide dormir bien, y dormir mal reduce la capacidad del cerebro para gestionar el estrés al día siguiente, lo que a su vez hace más probable una mala noche siguiente. Dormir menos de seis horas se asocia a niveles de estrés más altos, mayor irritabilidad, peor concentración y una respuesta emocional más intensa ante contratiempos cotidianos.

Aprender durmiendo: nuevas huellas sinápticas y memoria

Mientras dormimos, el cerebro no está "apagado": reorganiza activamente lo aprendido durante el día. Según explica esta divulgación del Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM, cuando estamos despiertos, las experiencias generan conexiones neuronales que pasan por las cortezas sensoriales hasta el hipocampo, donde quedan almacenadas a medio plazo formando "ensambles neuronales". Durante el sueño, esa información se transfiere gradualmente hacia la corteza cerebral para su almacenamiento a largo plazo.

Reactivación de la memoria

Las mismas células que se activaron al vivir una experiencia relevante se vuelven a activar durante el sueño, como si el cerebro "repasara" lo vivido, reforzando ese ensamble neuronal.

Poda sináptica

El cerebro elimina conexiones poco relevantes —como el recuerdo del color de una acera— para dejar espacio a la información realmente importante.

Homeostasis sináptica

Durante el sueño, la fuerza global de las sinapsis se reduce ("recorte" o downscaling), lo que estabiliza el cerebro y deja margen para formar nuevas huellas sinápticas al día siguiente sin saturar el sistema.

A nivel más fino, la investigación en neurociencia ha identificado un mecanismo concreto que conecta hipocampo y corteza durante el sueño profundo: las llamadas sharp-wave ripples (ondas agudas), breves ráfagas de actividad hipocampal que "reproducen" en compresión rápida las secuencias de actividad neuronal vividas durante el día, ayudando a trasladar esa información hacia la corteza para consolidarla. Es, en esencia, el correlato biológico de "repasar mientras se duerme".

La consecuencia práctica es directa: dormir mal o poco después de estudiar o entrenar una habilidad nueva interrumpe este proceso de consolidación, y la información aprendida se retiene peor —algo documentado repetidamente en estudios con estudiantes y con privación selectiva de sueño REM—.